El idioma materno

El idioma materno

Autor: Fabio Morábito
ISBN: 978-950-9704-68-8
Pág.: 184
€16

DESCRIPCIÓN

No es novedad que el estilo ha caído en desgracia. Mientras la literatura (como siempre) viaja a velocidad crucero hacia un futuro cada vez más incierto donde asoma la pesadilla de su obsolescencia, nos limitamos a mirar para atrás, con una añoranza difícil de confesar, hacia un pasado no tan lejano en que la literatura se confundía con el estilo. Hablar de estilo hoy implica arriesgarse a ser tildado de anacrónico, a ser acusado de nostálgico o supersticioso. Y sin embargo, leyendo a Fabio Morábito la vigencia de la idea de estilo, la importancia vital de una simple coma o un adjetivo bien puesto, se nos aparece como una evidencia inmediata: el estilo entendido a la vez como máxima libertad y máximo rigor: el estilo como pensamiento y destino, destino de un pensamiento. Conocíamos a Fabio Morábito sobre todo por sus potentes poemas, donde ideas e imágenes danzan en concierto armonioso, y por los sorprendentes mecanismos de relojería de sus relatos. Los textos de El idioma materno combinan lo mejor de ambos y exigen ser leídos a la vez como poemas y como relatos, o como apuntes de una forma futura. Autobiografía literaria y bitácora de lectura, fábulas urbanas, microficciones del yo y poemas en prosa: de la cruza de todo ello, amalgamado por su estilo único, Morábito extrae pequeñas joyas nítidas, fascinantes ejercicios de autoficción e inteligencia que se leen en forma adictiva y ya no nos sueltan.

FRAGMENTO

El justificante perfecto

Me fascina la anécdota de aquel hombre a quien su mujer le pidió que escribiera un justificante para su hijo que había faltado a la escuela. Mientras ella se apura en los preparativos para salir con el niño rumbo al colegio, el hombre lucha en la mesa del comedor con el justificante: quita una coma, vuelve a ponerla, tacha la frase y escribe una nueva, hasta que la mujer, que está esperando en la puerta, pierde la paciencia, le arranca la hoja de las manos y sin ni siquiera sentarse garabatea unas líneas, pone su firma y sale corriendo. Era sólo un justificante escolar, pero para el marido, que era un conocido escritor, no había textos inofensivos y aun el más intrascendente planteaba problemas de eficacia y de estilo. Quise escribir el justificante perfecto, confesó el hombre en una entrevista, y no me extraña, porque escritor es aquel que se enfrenta al fracaso de escribir y hace de ese fracaso, por decirlo así, su misión, mientras los demás sencillamente redactan. Podemos estirar esa anécdota e imaginar a alguien que, soga en mano, a punto de colgarse de una viga del techo, se dispone a redactar unas líneas de despedida, toma un lápiz y escribe la consabida frase de que no se culpe a nadie de su muerte. Hasta ahí va bien la cosa, pero decide añadir unas líneas para pedir disculpa a sus seres queridos y, como es un escritor, deja de redactar y se pone a escribir. Dos horas después lo encontramos sentado a la mesa, la soga olvidada sobre una silla, tachando adjetivos y corrigiendo una y otra vez la misma frase para dar con el tono justo. Cuando termina está agotado, tiene hambre y lo que menos desea es suicidarse. El estilo le ha salvado la vida, pero quizá fue por el estilo que quiso acabar con ella; tal vez uno de los resortes de su gesto fue la convicción de ser un escritor fallido y tal vez lo sea, como lo son todos aquellos que pretenden escribir el justificante perfecto, que son los únicos a quienes vale la pena leer. Escriben para justificar que escriben, la pluma en una mano y una soga en la otra.